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La práctica

Esta manera de practicar se despierta en el cuerpo gradualmente. La cualidad de atención que prestamos es lo que más importa. La paciencia y apertura en nuestra exploración del cuerpo y las asanas, abren nuevos entendimientos y conexiones que dan claridad, descanso y una sensación de integridad.

 

Exploramos las posturas clásicas  – acostadas, sentadas, de pie y equilibrios – que permiten que la columna se flexione hacia delante, se extienda hacia atrás y haga torsiones. Con la actitud de no forzar el cuerpo en ningún momento, usamos movimientos suaves y circulares para soltar la tensión. Esto nos permite apreciar los caminos más sutiles en el cuerpo e interesarnos en cómo el cuerpo responde a este tipo de exploración. Desarrollamos la capacidad de sentir cómo nuestro cuerpo y el suelo se relacionan y aprendemos cómo apoyar mejor el peso corporal. La fuerza o el impulso pueden ser conducidos con mayor eficacia por los huesos, creando más ligereza y las extremidades se guían de vuelta a la columna vertebral como lugar de descanso. Al permitir que esté presente la intuición, aparecen caminos nuevos u olvidados y lo que descubres en el camino importa tanto, o a veces más, que llegar a la postura en sí misma.

 

El cuerpo se vuelve un paisaje rico en metáforas y poesía, enseñándonos un lenguaje que hemos olvidado pero que es muy propio. Liberar y crear espacio para la columna vertebral y la respiración es un foco clave de la práctica y en ese sentido, se cuida la vitalidad del cuerpo y los huesos.

 

Un cerebro que sabe todas las respuestas es un cerebro muerto: desde un cerebro que indaga, que cuestiona, surge una curiosidad sana donde habrá la libertad de explorar, la libertad de comprender, la libertad de descubrir, y en el cual el mirar será el ver.

Vanda Scaravelli, Awakening the Spine, p. 74